Se acaba.
Se termina, se muere. Se extingue. Adiós 2021.
Ómicron es mucho más poderoso, mucho más importante que Santa Claus, los polvorones y las uvas.
A todos los que en estos momentos están padeciendo en mayor o menor medida los efectos del contagio, las fiestas y el cava no les motivan. Están aislados y deseando sanar para volver a la normalidad de sus vidas. Esas vidas claustrofóbicas y repetitivas que por ser tan normales parece que son las únicas ya que están aprobadas y certificadas por las autoridades del aburrimiento.
Y este 21, desaparece. Al ritmo del chaquetero Cano con el reloj de la puerta del sol como testigo.
¿Y para qué mierda vamos a hacer balance del año si ya ni nos acordamos para qué lo hacemos?
¿Y qué nos queda?
Pues sí, nos queda la vida. Esa cosa que seguimos sin saber qué es y por qué existe pero que todos queremos conservar. Desde Sócrates hasta hoy, seguimos haciéndonos las mismas preguntas. Y seguimos sin respuestas.
La sociedad , cada minuto que pasa, es menos sociedad. Es menos asociativa, menos solidaria.
Solo me queda un argumento para no dar por perdida la esperanza y es que el género al que pertenezco, el humano, suele reaccionar cuando el agua le llega al cuello. Y el nivel, está por las tetas. Confiemos.